lunes, noviembre 21, 2016

LA HIPOTESIS DEL AUSTRALIANO


Cuando tomé la decisión de irme a vivir por mi cuenta no fue ni por haber encontrado una pareja con la que me pareciese factible lanzarme a la aventura de compartir casa ni tampoco por presiones familiares. Nada más me pareció que aunque fuese yo sólo iba a sentirme mejor en un espacio aparte "personal e intransferible"....
...y así es como me metí con todas mis cosas en un piso tirando a ruinoso del centro, un espacio pequeñito que resultaba más que suficiente para mi gata Sombrita y para mi. Porque a diferencia de lo que a veces ocurre con la convivencia humana, a los dos nos gustaba mucho encontrarnos por las habitaciones y era un auténtico lujo sentarnos a ver la tele tomando un "sopinstant" calentado en el microondas y un sandwich de queso preparado en la sandwichera -¡porque no había más electrodomésticos!-, con un par de mantas por encima e intercambiando calorías humanas y gatunas.
Fue en aquella época de precariedad ( pero también de felicidad inmediata, de esa que se centra en el instante presente sin pensar en el día siguiente ), cuando conocí a Sidney.
¿Existe el nombre de Sidney?
Pues no lo sé.
Sidney trabajaba en el mismo centro comercial en donde por aquel entonces estaba yo, él haciendo las veces de "encargado de turno" en una sala de videojuegos para cambiar monedas a la gente, limpiar y procurar que los chicos no hiciesen mucho el gamberro. Por desgracia ( o por fortuna, no sé ) la mayor parte de la semana la sala estaba casi vacía y una vez que Sidney limpiaba y ponía los máquinas en marcha, no tenía más que hacer hasta acabar su turno. Eso hacía que por aburrimiento tendiese a enrollarse con todo el que tenía cerca, y dentro de ese "todo" me encontraba circunstancialmente yo.
Sidney no era guapo, y ni siquiera se llamaba "Sidney", pero era hijo de una señora australiana a la que le gustaba llamarle así en recuerdo de sus orígenes. No era guapo, no, pero tenía una preciosa sonrisa y una mirada azul tan brillante que conseguía que la gente se sintiese atraída por él sin ninguna razón de fundamento.
A mi, como castellano reservón que soy y a pesar de que  la primera vez que hablé con él sentí que el corazón se me hacía un charquito, me costó un triunfo corresponder a toda esa tremenda calidez. Por proximidad física en nuestros trabajos pasamos muchas horas muertas juntos, yo hablando poco y él mucho, contándome la historia de su padre español emigrante en Australia que en vez de hacer fortuna se casó con una australiana y se la trajo a España para seguir pasando los dos apuros en el viejo continente, aunque eso sí, trayéndose a Sidney bajo del brazo.
No sé que pudo haber llegado a pasar por la cabeza de Sidney durante esos primeros días de contacto, pero a buen seguro su impresión fue de mucho hastío, jeje, porque yo necesito mis tiempos y entiendo que esos tiempos pueden llegar a resultar exasperantes...
Por fin una tarde de verano en que aprovechando un par de días libres me puse a pintar los marcos de mis ventanas, andaba yo en pantalones cortos y camiseta de tirantes con la gata Sombrita sentada en el alfeizar y mirando la calle con ojos de deseo cuando al sonar en mi aparato de música JUSTO esta canción  ( y es que recuerdo con toda claridad que fue justo esa y hasta el disco en el que estaba, de veras que no es un artificio literario ), justo cuando sonaba esa melodía y yo estaba forcejeando con la tapa de un bote de pintura, escuché a la gata ronronear como una idiota, levanté la vista y ¡ahí estaba! la muy pendón dejándose rascar la cabeza...¡¡¡por Sidney!!!!, que alternaba su atención entre Sombrita y mi persona con un gesto divertido.
"Anda, no sabía que vivías aquí" me dijo sonriendo de ESA manera "Yo vivo un par de calles más abajo, ¿no es casualidad?...oye,¡que música más chula!..." 
No acerté a decirle nada porque no me llegué nunca a imaginar que iba a ver a Sidney desde la ventana de mi dormitorio, y mucho menos con traje de faena, salpicado de pintura y una brocha en la mano.
Pero de alguna manera fuese por la música brasileña, las buenas migas que hacía con mi gata o el pillarme con las defensas bajas, me senté a mi lado de la ventaba, el se acodó al otro lado y pasamos un buen rato charlando de gatos, ventanas, pintura y la vida en general...
...y fue en ese momento en que decidí no sólo que estaba colado hasta las trancas por Sidney, sino que además él también debía estarlo por mi, porque ¿qué otra explicación podría haber a ese tirarse media tarde conmigo charlando y riendo como si no tuviese otro mejor lugar en el mundo en el que estar?
Lo sé, ese argumento tiene muchísimos errores y había mil otras maneras de interpretar la situación, pero yo me incliné por esa y de ahí que en las siguientes semanas me animé a dejar caer una a una todas esas defensas, me "permití" sentir cosas por Sidney y por obra y gracia de un espíritu no-santo elaboré la "Hipótesis del Australiano" según la cual todas las señales que yo recibía de su persona apuntaban a que estaba tan interesado en mi como yo en él y la conclusión era que en un plazo no demasiado largo de tiempo íbamos a terminar juntos y compartiendo largos ratos de "sopinstant", gato-manta y sofá. Y empecé a acudir a trabajar con un talante totalmente distinto, porque ir significaba coincidir, pasar tiempo juntos, enamorarme un poco más de él y presuntamente él de mi, aproximando posiciones poco a poco cada día al estilo de las viejas historias de amor decimonónicas...

Pero bueno, mis historias "reales" siempre tienen finales un poco tristes y esta no lo va a ser menos.

Un día que no coincidieron nuestros turnos y yo andaba un poco abstraido pensando en muchas cosas pero sobre todo en él, sentí dar un vuelco a mi corazón al verle de lejos aparecer por la puerta del centro comercial. "¡Que bonito!...seguro que me echa tanto de menos que no ha podido pasar todo el día sin verme y viene a hacerme una visita!" pensé notando el estómago y la cabeza llenos de mariposillas. Le ví que se detenía un momento tras cruzar las puertas, se volvió como si esperase a alguien y entonces una chica baja y regordita apareció a continuación, abrazándole por la cintura y empujándole un poco al mismo tiempo, logrando que él rompiese a reir.
Ahora desde lejos siento que todo fue una tontería, pero lo que sentí en ese momento fue como si mi corazón fuese un jarrón comprado en el chino que alguien -Sidney concretamente- acabase de dejar caer desde una octava planta para ver como se hacía añicos contra el suelo.
...no voy a hablar de la espiral de pena y autocompasión en la que entré durante muchos de los días que vinieron a continuación, solo diré que como medida de auto-( también )-protección puse toda la distancia que pude entre Sidney y yo, supongo que para su desconcierto pero eso a mi no me importaba un carajo, solo estaba concentrado en levantar mis defensas de nuevo jurándome que no iba a dejarlas caer nunca más.
Una noche templada pero ligeramente lluviosa que volvía de trabajar, un coche paró a mi lado, me tocó el claxon y ¡era Sidney! enarbolando su sonrisa de marca registrada y haciéndome gestos para que montase en el asiento del copiloto.
"¿Has visto? ¡Me he echado un coche! Venga sube que te acerco a casa..."
Pensé decir que no pero luego me encogí de hombros y entré al coche con el gesto de quien no tiene nada que perder, intentando demostrar lo dolorido que me sentía por algo que seguramente él no se podía ni imaginar.
"Vaya, hace días que no hablamos, siempre andas muy liado, ¿eh?" me animó a decir con su habitual calidez
"Es verdad. No tengo mucho tiempo para nada" creo que dije de nuevo encerrado tras mi coraza.
"¿Estás enfadado por algo? ¿o tienes algún problema?...ya sabes que somos colegas, si necesitas algo..." contestó con lo que creo era sincera preocupación.
Pero yo no podía invertir más malos ratos ahí, me mostré reservado y tras un larguísimo silencio al fin le dije
"Estoy haciendo lo posible para largarme del centro comercial" ( lo cual era cierto ) "En un par de semanas espero haber podido emigrar de allí"
"Vaya" repuso algo desconcertado "Haces muy bien, no es un sitio donde merezca la pena estar...yo también tengo un par de cosas a la vista y si puedo..."
No intenté preguntarle de qué se trataba queriendo demostrar un poco que no me interesaba nada de lo que pudiera pasarle y por eso él tampoco habló mucho más. Me dejó enfrente del portal justo cuando más apretaba a llover y se limitó a decir
"Bueno, supongo que si no es allí nos seguiremos viendo por el barrio, ¿no?"
"Claro"
"Vale...dale recuerdos a la gata, ¿ok?"
Después me he preguntado si no debería haber hecho algo aún a sabiendas de que podría ser un error, nada más para cerciorarme de que yo había estado todo el tiempo equivocado y que todo ese sufrimiento de los meses pasados había sido inútil e injustificado, algo como ¡qué se yo!: poner mi mano sobre la suya, sincerarme y contarle lo que sentía para ver su reacción... Ese día me limité a corresponder a su afecto con una ostensible indiferencia, a "disfrutar" momentáneamente del ligero gesto de apuro y dolor que vi en su rostro al no obtener ni una palabra amable por mi parte y por fin, admitir la derrota al verle marchar,  sintiendo que por poco que me gustase el que Sidney no estuviera enamorado de mi no le hacía merecedor de esa actitud y en definitiva,  que el único que ahí había invertido y perdido algo había sido yo.

No fue el primero que conocí del que me enamoré y con el que sufrí y terminé sin que a buen seguro el interesado llegase nunca a tener ni idea de lo que sentí ni lo que pasó por mi interior, pero lo que sí que sé es que fue el último. 
Después -por suerte, creo yo- he aprendido a dejar de formular esas hipótesis y ya no levanto con mis sentimientos esas estructuras tremendas e imposibles que no contaban con más sostén que un montón de nubes a muchos metros sobre el suelo...

De algo tenía que servir irse haciendo un poco viejo...

400 golpes contra la pared 
han sido bastantes para aprender 
a encajar con gracia y caer de pie 
esconderlo dentro y llorar después. 
Por eso cuando dijo que no me quería 
apreté los dientes, dije que me iría 

1,000 pedazos 
de mi corazón 
volaron por toda la habitación 




El último mar que compartimos juntos

El último mar que compartimos juntos
...no,no estabas pero te tenía ahí, en el corazoncito...