sábado, octubre 28, 2006

SEXTO CAPÍTULO


... esta vez he sido rápido, quiero rehabilitar mi imagen pública tras los desatinos anteriores así que me dedicaré a cosas serias, seguimos con la chica en la playa, su primo el chulazo, otro machirulo (como dice mi amigo pe-jota, jajaja, que variedad de términos) rondando la escena... en fin, a ver si empiezan las escenas de sexo, jaja, que se me duerme el respetable... no, no quería decir eso...

Ayer

Durante la semana siguiente casi tuvo oportunidad de olvidar aquella extraña sensación porque tanto Daniel como José desaparecieron del mapa. Su primo anunció que unos amigos suyos veraneaban en un pueblo a 30 kilómetros de allí y obtuvo el permiso de su madre para pasar unos días con ellos. En cuanto a José, tenía -según le contó Dolores- asuntos pendientes en el pueblo y se quedaría allí hasta resolverlos.
- Lo mas duro era la puesta en marcha de la casa, ahora por unos días puedo apañármelas sola...-le explicó Dolores-.. además tu mamá y tu tía Victoria no paran un momento, no me dejan hacer nada... este mes va a darme vergüenza pedir el sueldo.
Su padre llamó diciendo que no podría venir el fin de semana como estaba proyectado (“no sé porqué me lo esperaba” pensó irónica cuando su madre le dio la noticia), de manera que tuvo que vérselas sola con la “caravana de mujeres” que José había mencionado, exactamente igual que todos los años anteriores.
El calor llegó a ser intenso y lo que menos le apetecía era sentarse a discutir con nadie, por lo cual intentó moldear su horario para coincidir con su tía y su madre lo mínimo imprescindible: desayunaba muy pronto y pasaba la mañana entera sentada frente al mar mientras las dos hermanas iban al pueblo a surtirse de provisiones. Trataba de contener la lengua durante el almuerzo y luego se echaba y fingía dormir mientras las mujeres recogían, tomaban café y se encaminaban finalmente a la playa a pasar la tarde. Cada sobremesa repetía la comedia para que ellas no la obligasen a acompañarlas, y en cuanto se iban, se marchaba a pasear entre las dunas o se terminaba por dormir realmente... La tarde del tercer día encontró una vieja bicicleta blanca en el sótano de la casa (al que nunca habría entrado si no se lo hubiese sugerido Dolores) y empezó a marcharse al pueblo en aquellas horas de más calor, a vagabundear por las calles, tomarse un helado y preguntarse que posibilidades tenía de encontrarse con José. Era una localidad pequeña que en invierno quedaba casi vacía, como ocurría en la mayor parte de lugares de aquella parte de la costa, pero que en los meses estivales recibía un aluvión de turistas que la abarrotaban y abastecían las economías locales para casi el resto del año. El mismo pueblo tenía una playa infinita de arena blanca provista de todos los servicios y un hermoso puerto pesquero, lo cual hacía que apenas nadie se aventurase hasta la playa donde se encontraba la casa familiar: allí no había bares, cafeterías, ni tiendas ni chiringuitas, por supuesto no había socorriste, la arena era más basta,
mezclada en muchas partes con grava y hierbajos, y no era posible adentrarse mucho en el agua porque enseguida el fondo caía y se entraba en aguas profundas... por todo lo cual Laura solo compartía su playa con gaviotas, lagartijas y cangrejos...
Nunca había echado mucho de menos a los turistas, pero desde que empezó sus furtivas excursiones en bicicleta y veía a la gente de su edad en las terrazas de moda, el cuidado paseo marítimo, los veleros que entraban y salían majestuosamente del puerto, los coloridos puestos de ropa, collares y baratijas... desde que comenzó a ver todo aquellos empezó a preguntarse si no habría estado todo aquel tiempo en el lado de la playa equivocado.
Dolores era cómplice silenciosa de sus excursiones secretas, lo cual la traía continuamente preocupada porque no descansaba hasta no ver regresar a Laura pedaleando por la vieja carretera.
- No me gusta que vayas sola. Si tienes un accidente o si te pasa algo, no me lo perdonaría, niña mía -la decía siempre al volver-.
- Es que es odioso - protestaba ella-, estar aquí sin ver a nadie ni hacer nada cuando ahí, tan cerca hay tanta vida...
- Hubo un tiempo -le contó Dolores en una ocasión- que aquella playa era como esta, solo pequeñas casas de pescadores y el mar delante nuestro, igual que aquí...entonces yo era una jovencita como tu pero... creo que todo era más sencillo y más hermoso, ¿sabes?... ¿Has visitado la parte más vieja del pueblo? -la sonrió dándole unas palmadas en el dorso de la mano- ...ese es el pueblo de verdad, donde vive la gente , donde yo he crecido...
- “¿Donde vive la gente?” -exclamó riendo Laura- ¡Hay montones de gente por todas partes!
- ...aves de paso. La gente que vive de verdad en el pueblo está allí. Hazme caso, visítalo. Además es probable que encuentres allí a José, él te enseñará...

Durante toda esa semana su piel se puso primero carmesí, después de llenó aún más de pecas y solo al final empezó a tener un suave tono bronceado. Solo entonces se decidió a visitar el pueblo viejo y arriesgarse a buscar a José, porque todos los días anteriores se sentía patética con su tono rosa gamba, las enormes gafas de sol y un sombrero de paja de ala ancha para protegerse de la radiación solar excesiva. Al normalizarse su epidermis se decidió a la aventura: recogió su pelo rojo en una cola de caballo, se puso una faldita vaquera diminuta y el "top" blanco con el que su padre le decía que parecía "una adulta" -aunque dicho por él sonaba casi ofensivo-, luego limpió a fondo la bicicleta y se sentó en el sofá a esperar que por enésima vez su madre y su tía chillaran:
"¡Pero Laurita porqué no vienes con nosotras, que crees que somos, ¿unas viejas cotorras?"... Entonces contó hasta cien, espero a verlas desaparecer y salió pedaleando disparada, sin hablar ni siquiera con Dolores....
...eran poco más de las cinco de la tarde y la canícula resultaba axfisiante, no pudo sorpresnderse de entrar en el pueblo bañada en sudor tras recorrer los pocos kilómetros de camino. Siguiendo las instrucciones de Dolores abandonó rapidamente el paseo marítimo y pedaleó con furia cuesta arriba, primero entre bloques de apartamentos impersonales, casi idénticos unos a otros y cuidadas casas con piscina y jardin, luego poco a poco todo se fue transformando y de pronto estaba en un pequeño universo de calles estrechas con casas de fachadas encaladas y geranios en las ventanas... Giró en una dirección, después en otra y de repente ya no supo donde estaba. Se apeó de la bicicleta agradecida por la coleta que sujetaba su melena, porque en su estado actual se imaginaba a si misma con el pelo chorreando audor pegado a la cara.
"Ahora caminaremos un rato", susurró para si misma, pensando solo en el calor y en si José podría aparecer tras una esquina.
"...porque digo yo, si Dolores hubiese querido que me encontrase con él, ¿porqué no me dió una dirección?... ¿se trata otra vez de "la linea"?..."
Vagabundeó sin rumbo de una callecita a otra, siempre cuesta arriba, sin ver más seres vivos que palomas arrullándose a la sombra de las cornisas y polvorientos gatos negros que huían bufando cuando pasaba. Esporadicamente aparecía una terraza, una barandilla entre dos casas frente a la cual se extendía el azul profundo del mar, luego la calle se retorcía y volvía al entramado del pueblo, hasta que de pronto las calles se abrieron y encontró una pequeña plaza y una iglesia blanca. Era el punto más alto del pueblo, a partir de allí todos los caminos bajaban.
Dejó caer la bici al suelo y metió la cabeza bajo el chorro de una pequeña fuente que ocupaba el centro de la placita.
"Estoy reventada" pensó una vez se hubo refrescado. "Donde creía que iba a llegar..."
Sin motivo aparente recordó una frase de su padre " si algo te interesa de verdad, verás como tus pasos te llevan sin darte cuenta a tu objetivo".
Con toda seguridad iba a sacar la frase de contexto, pero no tenía nada que ganar ni que perder, era solo un juego para pasar aquella tarde de verano, así que se dijo:
"Muy bien pies, llevadme entonces a donde en realidad deseo llegar"
Con la bicicleta aún de la mano rodeó la iglesia y empezó a descender por el otro lado del pueblo, aquel cuyas casas no miraban al mar sino al árido paisaje interior. Desde lo alto contempló un segundo el paisaje rojizo, seco y aplastado bajo el sol.
"Tierras baldías. Qué puede crecer ahí. Solo tienen el mar..."
Aquella vertiente estaba mucho más abandonada, había menos casa más terrenos vacíos y secos, no cabía duda de que los habitantes del lugar habían preferido vivir de cara al mar.
"Entonces que esperas encontrar auí, ¿lo que deseas?" le susurró una voz interior.
Se vió de pronto bajando un camino de polvo muy empinado rumbo al desértico interior, sus pies continuaban obedeciendo la orden recibida y trotaban casi de modo autónomo hacia el centro de sus deseos. Volviéndose un momento vió en lo alto la silueta oscura de la iglesia con el sol detrás y le embargo la absurda sensación de encontrarse a espaldas de Dios.
"Aquí no puede verme... No podrá ayudarme si lo necesito..."
De pronto en una revuelta del camino ahí estaba, una pequeña casa con paredes desconchadas y un árbol seco frente a la puerta. Junto al camino picoteaban un par de gallinas, por lo que supuso que alguien debía de vivir allí para cuidar de ellas.
"Necesito un vaso de agua... lo necesito ahora, o moriré escalando el camino de vuelta"
Apenas formuló este pensamiento una anciana vestida de negro se asomó a la puerta con expresión de divertida curiosidad. A pesar de la distancia del camino a la puerta de la casa, la voz de la mujer la llegó alta y clara entre el chirrido de las cigarras.
-...vaya, hacia una eternidad que no tenía visita... ¿te has perdido, muchacha?
Laura abrió la boca pero de su garganta solo salió una tos seca.
-...ven, te daré algo fresco para que puedas seguir tu camino.
Dejó caer la vieja bicicleta en el sendero de entrada y caminó hasta encontrarse frente a la viejecilla , una figura que apenas le llegaba a los hombros, con la cara cubierta de profundas arrugas pero con unos ojos azules sorprendentemente vivos y jovenes.
Tampoco su vestido era el tradicional en las mujeres de su edad, parecía envuelta en sedas oscuras y livianas que flotaban tras sus movimientos, y Laura sintió el deseo de rozar aquella tela de aspecto tan ligero y suave.
- No sabes cuanto tiempo llevo esperando que alguien pasase por aquí...
"Una eternidad" murmuró Laura casi para si misma, y aquello hizo reir a la anciana.
- ¡Si, en efecto!... pero ahora toma, estas sedienta y agotada, recupera fuerzas...
Sin saber de donde había salido la mujer le tendió un vaso de cristal empañado por el frío del contenido.
"Agua helada" pensó, cogió el vaso con las dos manos y lo llevó a sus labios resecos. El líquido le resultó casi dulce en el paladar, pensó que nunca había probado algo tan bueno, que nunca había tenido tanta sed...
-...despacio, muchacha, o te sentará mal... no siempre lo que mejor nos sabe es lo que mejor nos sienta...
Aún así aguardó a que Laura apurase el vaso, luego lo recogió de sus manos y dijo:
- Vamos adentro unmomento, lo justo para que puedas recuperarte un poco y seguir viaje...
-...yo no quiero molestarla -balbuceó- no sé como...
- Bobadas. Viniste siguiendo tu deseo... no vas a irte sin él, ¿verdad?

Hoy

Había pasado unas horas en la playa, primero abismada en la contemplación de cómo el mar verde oscuro se derretía con mansedumbre una y otra vez junto a sus pies descalzos, después había intentado leer durante un libro sin lograr concentrarse ni un solo segundo en los renglones, con una idea que giraba y giraba en su cabeza como una pesada mosca de finales de verano. Finalmente extrajo una vieja libreta azul de su bolsa que siempre llevaba allí para los momentos en que la ocurría exactamente lo que la estaba pasando en ese instante, sacó un bolígrafo, lo mordisqueó con la vista perdida una vez más en el mar y empezó a escribir.

“ La casa familiar era un enorme cubo de dos pisos situado a un centenar de metros de la playa, del mismo color amarillo desvaido de la arena que la rodeaba. Las ventanas y las puertas eran rectangulos oscuros en las paredes, sin ninguna ornamentación, a excepción de los grandes ventanales de la segunda planta que miraban al mar, en los cuales había un largo y estrecho balcón y dos pequeñas palmeras, una en cada extremo. Por lo demás, todo era plano y liso, sin la menor concesión a la imaginación...”

Estuvo entregada con furia a la tarea hasta bien entrado el mediodía, cuando los picores y el ardor que sentía en la espalda se hicieron tan evidentes que tuvo que ponerse la toalla sobre los hombros y volver a paso ligero hacia la casa para resguardarse del sol. En el breve camino de vuelta se preguntó qué era lo que pensaba conseguir con aquel ejercicio extraño de narrarse a sí misma con veinte años menos, si era un recurso para sacudir esa espesa niebla que cubría sus recuerdos o si no se trataba más que de una forma de dar salida a ese impulso que a veces la asaltaba de una forma irrefrenable, de satisfacer una necesidad que para ella resultaba tan biológica como el comer o el dormir.
“En cualquier caso, qué diablos importa... ¿Desde cuando ha importado? Solo es otra historia, punto.”
Respiró aliviada cuando entró en la fresca penumbra de la entrada, dejó caer el capazo en el suelo de cualquier manera y recorrió la planta baja despacio con cierto temor y curiosidad, esperando ver a José aparecer en cualquier momento con esa media sonrisa suya que tanto la turbaba. Pero no estaba allí, ni en el salón, ni en el cuarto de baño, ni tampoco en la cocina...
“...no pierdas la esperanza, quizás está desnudo en la cama de arriba, con los ojos un poco borrosos de deseo, esperando verte aparecer para susurrarte con voz ronca:...Laura, cuanto tiempo he aguardado este momento...”
Resopló tratando de echar el lazo a su imaginación desbocada , mientras sentía para su sorpresa...(“¿Sorpresa?...no, no te hagas la sorprendida, querida, al menos no aquí a solas contigo misma”)...una punzada de excitación un poco por debajo del ombligo. Solo tras respirar hondo se fijó en que sobre la mesa, en el mismo sitio donde el día anterior había encontrado la nota con el teléfono de José, hoy había otro papelito donde leyó con la misma cuidada caligrafía:

“ ¿Te apetece una cena de bienvenida esta noche? Si lo ves bien, llámame para confirmarlo, gracias.
José. “

No debatió mucho la respuesta, buscó por toda la casa hasta dar con el número que le había dejado el día anterior y lo tecleó a toda prisa en su teléfono móvil.
Mientras escuchaba los monótonos tonos de llamada el corazón golpeaba contra su pecho en rápidos y profundos golpes dignos de un boxeador profesional.
- ¿Dígame?

Era él. Tragó saliva como una colegiala asustada antes de responder en un tono más tembloroso del que desearía:

- ...hola...soy Laura...
- Vaya... sí has contestado rápido -dijo José y ella también creyó percibir una ligera emoción o sorpresa en su voz- ...creí que ibas a tirarte más tiempo en la playa.
- Demasiado sol para el primer día, creo que ya he conseguido el objetivo de hoy que era abrasarme la espalda, mañana seguiremos con el resto.

Le escuchó reír suavemente y encontró agradable el sonido de esa risa.

- Supongo que has visto la nota... no sé si te parecerá una buena idea, quizás tenías otros planes para el primer día...
- ¡Que va, es un plan estupendo! Me encantará un poco de compañía, estar tanto tiempo sola termina por agobiarme un poco...
- Genial. ¿Te viene bien a eso de las nueve?
- Perfecto. ¿Voy a algún sitio o...?
- No te preocupes, pasaré a recogerte, ¿de acuerdo?
- Trato hecho. A las nueve entonces.

Cuando colgó el teléfono sintió deseos de estallar en carcajadas de puro nerviosismo.
“A esto le llamo yo triunfar. No llevo ni veinticuatro horas aquí y ya tengo una cita con un hombre... Dios mío, con un hombre... cuanto tiempo hace que yo no...”
“Solo te ha invitado a cenar “le susurró su lado más sensato y racional”no empieces a salirte del tiesto. Lo más probable es que no hagáis nada más que comer, beber y hablar del pasado. Será una buena oportunidad para aclarar tu memoria.”
“De todos modos tendré que pensar en arreglarme un poco y esas cosas...”.
Lanzó un rápido vistazo al reloj y para su sorpresa apenas pasaba de la una del mediodía.
“Oh, ¿crees que tendrás tiempo suficiente para ponerte sexy?”contraatacó esa voz suya que tanto detestaba”...eso sí, no te olvides de llamar a Sara antes de irte para decirla lo mucho que la estás echando de menos.”
Agarró mentalmente por el cuello a la molesta propietaria de esa vocecilla y la encerró en un cuarto oscuro con doble vuelta de llave antes de echar a correr hacia la ducha.

Continuará

El blogger con su buen humor habitual no me ha dejado poner una cosa en cursiva y la otra no, todo en cursiva, no puedo hacer lo de otras veces de poner el "Hoy" de una forma y el "Ayer de otra"...

...este capítulo es largo, para pasar el fin de semana, un rato de aburrimiento (de mucho aburrimiento)... pero gracias a él me he motivado mogollón, caray, ahora tengo muchas ganas de seguir aporreando teclas...

Y la foto de hoy, ¡tachán, tachán!, un obsequio de mi queridiiiiiiiiiiiiiiisima Ana del Sur, una vista del Mar del Plata, todo un lujo como podeis comprobar...


El último mar que compartimos juntos

El último mar que compartimos juntos
...esta vez, solo contigo