viernes, marzo 06, 2009

LA CHICA DEL PANTANO ( I )

"No recordé nada hasta que no volví aquí."

Lo que quedaba en mi memoria eran como instantaneas difusas de la casa. Mamá saludando borrosa desde el porche. Mi abuela sonriendo. Yo y otros niños jugando al lado del pantano...

Después de ese pasado había transcurrido toda una vida, mi propia vida. Y durante esos cuarenta años había olvidado el calor, los mosquitos, la atmósfera húmeda tan dificil de respirar, y esa vegetación que parecía invadirlo todo apenas te dabas la vuelta...

Mamá odiaba aquello y había huido lo más al norte que le fue posible escapando del lugar en busca de aire limpio y cielos abiertos. Y me había llevado con ella, consiguiendo reducir todas las imágenes de aquella época a un núcleo pequeño, verde y sofocante, que de vez en cuando se encendía en el fondo de mi alma.

A decir verdad, mamá me instruyó tan profundamente en el odio a la tierra de la abuela que, sino hubiese sido porque mi vida entera se había ido a pique y la casa era la única propiedad que me quedaba en el mundo, jamás habría vuelto allí.

Pero había sido así, todo se había ido a la mierda y me quedaba poco más que mi furgoneta y aquel insospechado resto de la herencia familiar.

"No tienes porqué irte al culo del mundo", me había dicho Carol, la joven abogada rubia que ahora liquidaba las cuentas de la familia."Véndela y ensaya un nuevo comienzo."

"Creo que el culo del mundo es el lugar que más me conviene porque, en este momento, me siento como el culo, Carol", le había respondido yo. Y Carol, seguramente convencida de que su sueldo no incluía impartir terapias de estima personal ni cursos de autoayuda, había dejado las las llaves sobre la mesa con una sonrisa más que ligera.

"Con el resto de la documentación hay un teléfono de la familia que se encarga de mantener la casa. Les llamaré avisando de que piensas instalarte allí una temporada."

""Genial", contesté, porque de verdad me parecía genial contar con una alternativa, poner un par de miles de kilómetros de por medio e intentar sentirme joven y emprendedora.

Carol por toda respuesta me estrechó un momento los dedos y me contempló como si de verdad estuviese mirando el mismísimo y glorioso culo del mundo.

Que te jodan, Carol.

Solo cuando bajé y me enfrenté a la casa en las lindes del pantano, cuando el calor me golpeó el rostro como algo sólido y trescientos mosquitos se abalanzaron sobre mi para tomar un sorbo de algo caliente, supe la razón de aquella mirada conmiserativa de Carol.

Era media tarde, y el cielo refulgía de un modo deslumbrante en torno a la verde selva que me rodeaba. La casa, con tejado azul y paredes blancas, parecía a punto de sucumbir al lujurioso exceso vegetal que la rodeaba, pero una pequeña cerca de madera también blanca parecía de momento contener la euforia botánica que la rodeaba.

Una casa, blanca y azul, una sola planta, y la puta Naturaleza como una prensa arriba y abajo, a un lado y a otro, a punto de aplastarla.

-Te veo impresionada-dijo una voz y casi caigo al suelo del susto-.

Me giré y vi a un hombre de mediana edad con aire musculoso, unos tejanos cortados a medio muslo, camisa a cuadros desabrochada para enseñar su pecho bronceado y una sonrisa blanca ofensivamente brillante. Sostuvimos un momento nuestras miradas, la mía preguntando "quien coño eres tu" y la suya demasiado cargada de autoconfianza replicando "tranquila-bollito-aun-no-me-comi-a-nadie".

Le odié al instante  apenas se revolvió el cabello oscuro con un gesto pretendidamente informal y en su expresión esa especie de seguridad en que iba a dejar mis bragas sobre sus zapatos para luego empezar a trotar a su alrededor.

-Quien es usted-pregunté sin fingir ninguna simpatía-.

-Me encargo del mantenimiento de la casa-repuso como si no hubiese notado que yo era inmune a su danza del macho en celo- ¿No te habló Carol de mi?

Luego fingió lo que pretendía ser una sonrisa de disculpa y me tendió una mano.

-Lo siento, no me he presentado. Soy Samuel, pero puedes llamarme Sam.

Porqué.

Porqué no se encargaba de aquello alguien como cabría esperar, por ejemplo una señora madura, gordita y de aspecto bondadoso o quizás una jovencita descerebrada y estúpida. 

No, tenía que ser ese puto tío que parecía sacado del rodaje de una película porno.

Estreché su mano un instante infinitesimal antes de decir:

-Supongo que vamos a vernos con frecuencia -él compuso un gesto de divertido asombro al captar mi tono de resignación y abrio los brazos fingiendo un "que puedo hacer yo"- ¿tiene que ponerme al corriente de algo o puedo entrar directamente en la casa?

Él sacó un papel del bolsillo trasero de sus pantaloncitos con gesto candoroso.

-Tenía una lista preparada. Pensé que vendría una solterona impresentable y quería dejar todo por escrito, pero si quieres...

.Ah, ¿a mi si? ¿Quieres decir que si no hubiese sido de tu gusto, si según tu criterio hubiese resultado una mujer poco agraciada me habrías dejado pudrirme en el pantano con tu nota clavada con una chincheta en la puerta?¿Y que como al parecer estoy a la altura de tu baremo personal, vas a estar rondando por aqui hasta que te pida que te marches?

-Vaya. Creo que esa serie de conclusiones es un poco injusta -dijo él confundido-.

-Bien, pues son mis conclusiones. Espero no volver a verte por aquí. Le diré a Carol que te haga llegar tus honorarios.

Él se encogió de hombros y desapareció a toda velocidad.

Es verdad. Probablemente yo era injusta. Injusta para él. Pero tenía cubierto ese cupo de hombres en mi vida.

El último mar que compartimos juntos

El último mar que compartimos juntos
...esta vez, solo contigo